Jesús Gabán pintó este dragón para conmemorar el aniversario del Dragón lector,
y yo le he escrito una historia a su ilustración...
Dos maneras de contar...
Nunca entendió por qué le prohibían leer. Que se le llenaba
la cabeza de pájaros, decían. Si lo que ella tenía en su cabeza no eran pájaros
sino dragones. Ambos tenían alas, es
verdad. Pero los dragones tenían además boca
y cola de lagarto y uñas de león. Y cuando abrían la boca no era para
piar sino para arrojar fuego.
Por eso era por lo que se subía adonde pillara para leer. La
gente no suele levantar la vista cuando busca algo. Más bien la baja al suelo.
Ella se sentía en las alturas a salvo de quien la buscara, libre para hacer lo
que más le gustaba: leer las aventuras de caballeros con armadura que iban
buscando en las cuevas doncellas y dragones.
Las doncellas no le interesaban. Los dragones sí.
Un día hasta se subió a una columna antigua que decían que
era de cuando había dragones. Y allí se quedó, ni siquiera bajó cuando oyó los
gritos que la llamaban.
--¿Dónde estáaaaaas? ¡Tanto leer historias de dragones! ¡Un
día te vas a convertir en dragóooooon!
Y en ese momento ella sintió cómo se le ponía la piel dura y
verde. Sintió cómo le salían escamas y una larguísima cola de lagarto, y cómo
se le afilaba la boca y se le convertía en hocico de reptil. De su espalda
salieron un par de alas de ángel verde. Y las uñas le crecieron tanto y se le pusieron
tan duras que parecían garras de león.
Se miró la tripa y vio que allí no tenía escamas sino la
cara de un caballero, el caballero cuya historia estaba leyendo. Todo lo que
antes estaba dentro del libro se le había puesto en la piel. Dicen que a esto se
le llama ser un buen lector. Ahora era un Dragón lector.
Bueno, una dragona lectora que, cuando abría el libro y se
ponía a leer, le salían, en vez de fuego, palabras que sonaban a voz de niña.
El caballero de su tripa escuchaba y se le caía una lágrima. Detrás, las
montañas se cubrían de nieve y de nubes.